Quiero dejar una líneas en recuerdo de un amigo a un año de su fallecimiento. Una persona especial.
Una vez Nelly Fagúndez del Plenario de Mujeres del Uruguay (PleMuU) me dijo, en una conversación sobre otra cosa, que conocía a Godoy y sabía que era “lindo por dentro”. Aquel comentario me ha quedado sonando desde entonces. He visto muchas veces muchas actitudes del Colo que me recordaron aquel juicio. No hubo persona que necesitara ayuda a la que él no se la prestara, de alguna forma u otra.
Clases de teoría de lenguajes, de matemática, ¡de italiano! ¿A cuántas personas les dio? Innumerables. ¿Sabían que él estaba vinculado al PleMuU porque daba cursos de computación en un programa de madres solteras adolescentes? Así era él.
Maestría en economía aplicada, maestría en ciencias de la computación, psicopedagogo. Era una máquina de estudiar. Al poco tiempo de conocerlo yo, comentó que tenía que estudiar VisualBasic y me invitaba a hacerlo juntos. Como a mí, también invitó a otros, así que hubo algún tiempo en que cierto grupo se reunía los sábados de tarde para iniciarse en ese lenguaje. Después fueron clases de C y después hubo otras actividades.
Por ahí, en esa época seguramente, nació el Grupo de Usuarios Linux de Uruguay (UYLUG), del que él fuera el socio número uno. Me da la impresión de que se atrevía a soñar con cosas que seguramente los demás socios no. Las segundas jornadas regionales de software libre son un ejemplo de ello. A lo mejor alguien me corrige, pero él fue el gran impulsor de esa idea. Él se animó a pensar en que el UYLUG podría alcanzar semejante emprendimiento. Y así fue.
Yo tuve el placer y el privilegio de compartir muchos momentos con él. Fue profesor mío en la Católica, en un seminario muy breve sobre arquitectura del sistema operativo Unix. Y también en otro sobre construcción de compiladores. Contagiaba. Y tanto, que estuve un tiempo pensando en hacer una tesis sobre compiladores.
Era un mago con la tiza en la mano. Le gustaba dar clases casi más que cualquier otra cosa. Tenía una gran facilidad para hacer sencillo lo complejo, efecto que lograba sin importar el público.
Roberto Viola, docente de la Universidad Católica prematuramente fallecido hace muy poco, me contó una vez que habían llevado a Godoy a dar una charla sobre informática educativa al Paraninfo de la Universidad de la República, no sé en qué contexto ni con qué motivo. Viola me confesó que había tenido ciertas reservas al principio, por la personalidad bohemia del Colo. Sin embargo, me decía con admiración que había sido la charla que más repercusiones había tenido en el público, de la que más devoluciones habían tenido. Contagiaba.
Otra vez en la Universidad ORT, el UYLUG se había plegado a unas jornadas sobre software libre, no recuerdo bien a cuento de qué. El hecho es que el Colo había ofrecido dar una charla sobre expresiones regulares, tema que él manejaba con gran solvencia y sobre lo que siempre le tomábamos el pelo los demás. Ya era pasada la hora y Godoy no aparecía. Nadie se llamaría a sorpresa porque el Colo llegara tarde a algún lado, pero yo olí que se había olvidado y lo llamé al celular -aparato que perdería y volvería a encontrar una y cien veces.
-Jefe: ¿se acuerda de que tiene que dar una charla sobre expresiones regulares en la ORT?
-Sí. ¿Cuándo es?
-Hoy, hace quince minutos.
Entonces pronunció una de sus más famosas frases:
-Me tomo un taxi y voy para ahí.
Y llegó. Dio una charla excelente. Yo lo asistí escribiendo en el Vi expresiones que me dictaba mientras él explicaba en el pizarrón. ¡Brillante! Después me contó que más o menos había preparado la charla en el taxi. ¿Cómo hacía para provocar ese impacto en el público? Así era el Colo. Contagiaba.
Sabía un montón de cosas, de muchos temas. Conocimientos que compartía con todos. Gran lector. No era una persona de fe, aunque había leído la Biblia y también el Corán. Era “ateo practicante”, como él se denominaba en clave de humor.
Ese sentido del humor era una característica que lo acompañaba en todo momento. Aún cuando su enfermedad lo empezaba a limitar y empezó con la renguera, no había nada que cambiara eso. Cuando le preguntaban ¿cómo anda?, él contestaba: “ando mal, pero me siento bien”. Porque no le dolía nada pero rengueaba su pierna derecha.
Le gustaba jugar con las palabras. Era casi un diccionario ambulante. Hablaba francés y flamenco, porque había vivido y estudiado en Bélgica. Hablaba italiano muy bien. Leía inglés perfectamente, pero confesaba hablarlo menos que los otros tres idiomas.
Deportista singular, su pasaje por Bélgica le había dejado también la experiencia de haber aprendido a jugar ping-pong profesionalmente. Algunos alumnos de la Católica lo atestiguan, tras haber caído derrotados invariablemente por el Colo, en más de una oportunidad, en las mesas del espacio de la Vicerrectoría del Medio Universitario. Jugaba muy bien al fútbol y eso yo mismo lo atestiguo porque jugamos juntos en el patio del Seminario en alguna oportunidad. Me llevaba doce años, pero me corría una carrera y me ganaba, seguro. Los sábados a la cinco de la tarde, en una época, se reunía con una barra a jugar al fútbol. No sé dónde ni quiénes eran, pero no faltaba. “Los sábados a las cinco tengo misa”, bromeaba él, dejando claro que era un compromiso ineludible.
Cuando ya estaba con dificultades para moverse y no podía usar las manos, una tarde mientras yo le ponía un cigarillo en la boquilla para encendérselo, me dijo que era cinturón negro de karate. La verdad, el comentario me sorprendió, porque tenía más de diez años de conocerlo y nunca lo había sabido. También me dijo que solamente practicaba “katas” y nunca quería hacer “combates libres”. Significa que tomaba del arte marcial lo que tiene, a mi entender, de más armonioso y menos violento. Así era él.
Queda hablar del enfoque que el Colo le daba al concepto informática educativa. Queda mucho. En fin; hay cien anécdotas pero serán para otro momento. Hoy 5 de noviembre, a un año de su partida, quiero dejar un recuerdo para él y decirle a Nelly que tiene razón, que Héber Godoy era “lindo por dentro”.
Como soy persona de fe, permítanme dar gracias a Dios por el regalo de haber tenido el privilegio de conocerlo y de que fuera mi maestro en más de un sentido. Y quiero también, terminar con una petición a Dios: que continúe enviando al Mundo personas como él para la grandeza de su Obra, y me permita aprender de ellas.